29 jul 2017

- 18 - MONTONEROS LA SOBERBIA ARMADA












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¿Debe deducirse de todo esto que el gran pecado de los montoneros fue el de la ingenuidad? ¿Estamos en presencia de idealistas instrumentalizados, de buenos y honestos revolucionarios que, por impaciencia o inexperiencia histórica, cayeron irreflexivamente en el juego de la derecha?

En otros términos: ¿Los montoneros en “en si” esclavas de ojos negros o resultaron siéndolo extrínseca e inadvertidamente por el uso que hizo de ellos Perón?

Interrogantes bastante parecidos a éstos fueron, mutatis mutandis, los que acosaron durante años al Partido Comunista Italiano (PCI) a propósito de las Brigadas Rojas (BR), que pasaron por una ilustrativa serie de definiciones y redifiniciones en la estimativa de la izquierda constitucional.

La primera reacción del PCI ante la aparición de las Brigadas en la escena italiana a principios de la década  1970 fue la de dudar de su existencia, tomando en seria consideración la posibilidad de que tratara sólo del sello utilizado por algún servicio de inteligencia para simular un terrorismo de izquierda y lograr por esa vía un desplazamiento de todo el cuadro político italiano hacia la derecha.

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La segunda reacción, cuando la existencia de las BR como grupo armado de ultraizquierda era ya innegable, fue la reconocerles esa condición y acreditarles cierta pertenencia a la gran familia de la izquierda, pero rechazando su metodología, su subersivismo, su apelación sistemática a la violencia.

El terrorismo brigadista siguió mereciendo la condena del PCI, pero bajo un enfoque conceptual distinto.

Ya no era una astucia execrable de la extrema derecha, sino un “error” de la extrema izquierda.

Se trataba, en suma, de buena gente que andaba por el mal camino, de “compañero equivocados”.

La posición final del PCI frente a las Brigadas Rojas fue la de extender a toda la naturaleza de grupo aquella actitud condenatoria que había estado limitada inicialmente a la metodología.

El mal, divisado al principio en el camino, era localizado ahora en el caminante.

Un brigadista no era ya un revolucionario que cometía errores, sino un canalla.

Debo decir que mi propia posición frente a Montoneros siguió un curso bastante parecido.

Creo, además, que esta trayectoria no fue en mí un fenómeno singular y aislado, sino que se trataba de un proceso interno vivido y sufrido por millares de personas en la Argentina.

Millares creyeron como yo, en mayo de 1970, que el nombre “Montoneros”, aparecido por primera vez al pie de un “parte de guerra” que anunciaba el secuestro del general Aramburu, no tenía otro objetivo que el de disimular una operación cumplida por organismos de inteligencia al servicio del general Onganía.

Millares pasaron luego, como yo, a elaborar frente a Montoneros lo que fue, en Italia, la posición número dos del PCI frente a las Brigadas Rojas.

Los Montoneros, vistos desde esa segunda perspectiva, eran buenos, pero exagerados, sustancialmente rescatables, aunque llevados por su ardor juvenil a cometer excesos, a dar pasos en falso, a evaluar mal las posibilidades e imposibilidades inherentes a cada línea de acción.

Lo que había de malo en ellos era algo circunstancial y no esencial, un inconveniente estacional y superable, como el de la inmadurez, algo que podía ser objeto de una “crítica fraternal”, pero no de una condena global.

Este segundo tipo de reacción frente a Montoneros fue de algún modo el que alimentó mi decisión de aceptar en 1973 el ofrecimiento de ingresar en el diario Noticias.

Con ánimo misionero, creí estar haciendo alguna contribución a la posibilidad de salvar lo salvable en el grupo, aislando sus componentes buenos de sus componentes adjetivamente malos.

Fue quizás el asesinato de Rucci lo que abrió en mí el camino hacia el reconocimiento de que mis hasta entonces benévolas apreciaciones acerca de la naturaleza montonera no estaban mordiendo sobre la realidad.

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Comencé a entrever que había algo intrínsecamente perverso en esa naturaleza y la trayectoria posterior del grupo sólo sirvió para fortalecerme en esta impresión.

Creo – sé – que millares de argentinos recorrieron este tercer tramo en el curso de sus penurias estimativas frente a Montoneros.

Pero creo además que en muchos, muchísimos de ellos, en esta tercera etapa tiende a permanecer in pectore, a no exteriorizarse, inhibida por el temor de que una exteriorización atraiga sobre sí toda la conocida hechicería punitiva de las grandes palabras estigmatizadoras – “liberal”, “reformista” -, en las cuales se codifica un ritual de excomunión que todavía aterroriza al grueso de la izquierda latinoamericana.

Esta tercera perspectiva sobre los montoneros descubre, entre otras cosas, un abismo entre el papel que se decían llamados a desempeñar en el seno del peronismo y el que desempeñaron de hecho.

Firmenich y su grupo siguieron, en este sentido, una parábola bastante irónica.

La inserción de los montoneros en el peronismo, encarada y vivida por ellos como una inyección de solidez ideológica revolucionaria en un cumulo de emociones ideológicamente vacías, fue en gran medida un turo por la culata.

Poco o nada quedó en el peronismo de la siembra ideológica intentada por los montoneros, mientras que éstos parecieron absorber en cambio sustanciales contenidos ideológicos del peronismo.

Y la ironía se agranda tan pronto como uno advierte que, en este aparente trasvasamiento al revés, Montoneros presenta la imagen de un grupo que ha recogido y asimilado del peronismo precisamente lo que había en éste de derecha, o sea aquel trasfondo ideológico fascista que aportaba a la prédica y a la práctica del peronismo su peculiar filosofía de la conducción política.

Se ha señalado aquí la existencia de dos peronismos: un peronismo de masa y un peronismo de cúspide, un peronismo del que la masa se postula como sujeto y un peronismo ansioso por fijar su sujeto fuera de la masa, un peronismo de 17 de octubre y un peronismo del 13 de junio.

Y parecería lógico que una corriente revolucionaria en el seno del movimiento apuntara a empalmar con el primero de ambos peronismos y a desmontar todas las estructuras y fórmulas de regimentación, verticalización e instrumentalización que eran propias del segundo.

Ocurrió, sin embargo, todo lo contrario.

Ya se ha visto que uno de los componentes más retrógrados del peronismo es su propensión a encarar toda actividad pública – política, económica o administrativa – con criterios militares.

Se trata de una mentalidad desarrollada a partir del GOU y gradualmente incorporada al repertorio de los hábitos, automatismos y actos reflejos de millones de argentinos.

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Fue esta mentalidad cuartelera la que, en el período 1946-1955, llegó a organizar la vida interna de la Argentina como la de un país en guerra con el adversario político asimilado a la noción de enemigo y la consiguiente exclusión de toda hipótesis de ordenamiento institucional en el que estuviera previsto tolerarlo o convivir civilizadamente con él.

La conversión del adversario en enemigo es correlativa a la conversión de la política en un quehacer militar.

La política es algo que se le debe hacer a un enemigo, es decir, algo que se debe hacer militarmente.

A partir de este enfoque, las organizaciones políticas – trátese de partidos, agrupaciones estudiantiles o corrientes sindicales -  no se conciben ni son concebibles como formas de libre asociación o de autodeterminación popular, sino como unidades tácticas llamada a cumplir en un campo de operaciones militares movimientos dispuestos por una conducción estratégica localizada fuera de ellos.

La idea de una equivalencia natural entre el concepto de conducción política y el de estado mayor, con el acompañamiento de una equivalencia paralela entre los conceptos de militancia y tropa, está presente en toda aquella complicada red de articulaciones que establece característicamente el movimiento peronista entre un comando estratégico supremo y comandos tácticos-operativos.

Un sistema de equivalencias similares es el que promovieron en Latinoamérica durante la década de 1960 los teóricos de la “seguridad nacional”.

Firmenich y sus seguidores absorbieron del peronismo toda esta carga ideológica de derecha, organizando con arreglo a ella tanto su propia vida interna como su sistema de relaciones con el mundo exterior.

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El esquema “comando estratégico-movimiento-partido”, ideado por Perón como fórmula de una conducción política verticalizada e instrumentalizadora, fue adoptado integra y acríticamente por los montoneros.

Allí estaban el ejército montonero en el papel de Perón, las agrupaciones colaterales en el papel del movimiento y, durante un tiempo, el Partido Auténtico en el papel de “Partido Peronista” (o de cualquiera otra de las organizaciones políticas llamada a sobrellevar las funciones del “partido” durante el lapso que medio entre el golpe de 1955 y la restauración peronista de 1973).

Sería un gran error, sin embargo, presentar este fascismo organizativo de los montoneros como mero producto de una “influencia” ejercida sobre ellos por el hábitat ideológico peronista en el que eligieron instalarse.

No hubo en Montoneros un innato candor libertario que luego resultara deformado en sentido autoritario por la inserción del grupo en el peronismo.

Por el contrario, los componentes “innatos” de Montoneros ya incluían aquel verticalismo organizativo como parte de la genérica matriz militarista de extracción cubana que es reconocible en todos los grupos cultores de la violencia revolucionaria que operaron en Latinoamérica durante los años ’60 y ’70.

El verticalismo montonero no era un vicio adventicio adquirido del peronismo sino, al revés un vicio de origen que de algún modo facilitó  la opción de la organización armada por el peronismo.

El fascismo organizativo de Montoneros, en suma, es condición y no consecuencia de la inserción del grupo en el peronismo.

Y si se enfoca a los montoneros desde el ángulo de visión, que los descubre como un punto de encuentro entre dos concepciones militares de la política, acaso pierda consistencia el misterio que resulta para muchos el maridaje entre el Che Guevara y Perón.

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En febrero de 1974, el personal de Noticias celebró una larga y absurda asamblea convocada para fijar una posición – que naturalmente debía ser condenatoria – frente a la clausura del diario El Mundo dispuesta por el flamante tercer gobierno del general Perón.

La medida siguió al ataque lanzado contra la guarnición militar de Azul, en la provincia de Buenos Aires, por guerrilleros de Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), cuya vinculación con El Mundo era similar a la de Montoneros con Noticias.

El gremio de prensa no suele tropezar con dificultades conceptuales para adoptar una posición ante la clausura de un diario.

Se trata una situación-tipo cuya frecuencia ha generado en todo el mundo un vasto repertorio de reacciones ya inevitablemente convencionales, de clichés verbales y operativos que permiten una respuesta fácil y expeditiva a la medida toda vez que se produce.

Para la asamblea de Noticias, sin embargo, tomar posición frente a la clausura de El Mundo resultó dificilísimo, cosa que no se debió a una falta de consenso sobre la necesidad de condenar la medida sino al detalle que no se sabía en nombre de qué formular la condena.

Entre las convenciones verbales disponibles para tales casos, una de las más utilizadas es naturalmente la de condenar la clausura como violatoria de la libertad de prensa; pero ocurre que un principio como éste no tiene cabida imaginable en la cultura política montonera.

“No podemos convertirnos ahora en defensores dela libertad de expresión, que es un principio liberal.”

Tal la posición que prevaleció en la asamblea y que generó todas sus angustias en la búsqueda de algo coherente que decir sobre la clausura de El Mundo.

Luego de desechar la libertad de prensa como parte de la pecaminisodad liberal – y de reclamar incluso que se dejara constancia de este rechazo en la posición que se adoptara ante la clausura de El Mundo -, la asamblea tropezó lógicamente con dificultades para encontrarse un sentido a sí misma.

¿Era posible acordar en términos congruentes una declaración que repudiara al mismo tiempo el principio de la libertad de expresión y una medida de gobierno que lo lesionaba?

¿Era posible abominar de la libertad de prensa en términos que no legitimara la adopción de medidas como la que se pretendía condenar?

La asamblea acabó por resignarse sin demasiada convicción a la idea de declarar reprochable la clausura de El Mundo por tratarse de una acción emprendida contra el “campo del pueblo”.

El episodio, en rigor, marcaba un punto clave de encuentro entre el montonerismo y los componentes fascistoides del firmamento ideológico peronista.

Sería absurdo, desde luego, atribuir inclinaciones de derecha el uso peyorativo de la palabra “liberal”.

Pero este uso sí ingresa en el área de la derecha cuando los acentos peyorativos del término aparecen cargados específica o predominantemente sobre los principios o las instituciones del liberalismo político.

La crítica del liberalismo es más que legítima en cualquier izquierda bien entendida, siempre que tenga su punto de partida en una certera aptitud para separar la paja del trigo en las contradicciones internas de la cultura liberal.

La gran revolución liberal del siglo XIX expresó ideológicamente la respuesta de la joven burguesía al absolutismo abatido por la Revolución Francesa y se cifró en un afán por fijar a los alcances del poder público un límite que le impidiera coartar el ejercicio de libertades y derechos individuales considerados anteriores y superiores al Estado.

Si es cierto que toda política necesita para su propio desarrollo una base de sustentación absoluta e inamovible, el gran aporte de la cultura liberal fue el de trasladar lo absoluto del orden del Estado al de las libertades individuales.

En los primeros años de liberalismo, las libertades consideradas inenajenables  estaban, como las cualidades en el apeiron originario de Anaximandro, “todas unidas”.

Ese liberalismo naciente metió indeferenciadamente en una misma bolsa el derecho a la libre disposición individual de los recursos económicos y los hoy denominados “derechos humanos”.

En un ordenamiento político y social como el del capitalismo incipiente, le resultaba posible al liberalismo proveer de una cobertura ideológica homogénea e indistinta a esos dos órdenes de libertades.

Era una sola libertad la que en aquel contexto ideológico originario se ejercitaba a título de “libertad de empresa” y la que se ejercitaba a título de conciencia, libertad de expresión, libertad de reunión o libertad de asociación.

Pero el desarrollo del capitalismo que, se expresaba ideológicamente a través de la cultura liberal, trajo aparejado el desarrollo paralelo de la clase obrera, cuyo crecimiento en número, concentración, organización y voluntad política autónoma por configurar una poderosa fuerza histórica que, mientras resultaba antagónica de la libre empresa, se postulaba de hecho como nuevo sujeto de todas las otras libertades.

La burguesía, en una primera contradicción con la universalidad que asignaba en abstracto a tale libertades, se resistió denodadamente a compartir su ejercicio con aquella nueva clase en ascenso.

Fueron necesarias largas y por momentos sangrientas luchas sociales para que el sistema demoliberal burgués se allanara gradualmente a reconocer como parte de su propio ordenamiento la titularidad obrera de tales libertades, en términos de libertad de asociación sindical, derecho de huelga y libre expresión política del proletariado a través de partidos propios.

Era inevitable que, a lo largo de este proceso, los contenidos inicialmente homogéneos de la cultura liberal sufrieran una bifurcación crítica.

La burguesía encontraba cada vez más difícil compaginar la libertad de empresa con aquel otro elenco de libertades cuyo progresivo ejercicio por parte de la clase obrera comenzaba a resultar peligroso para la continuidad del sistema.

La burguesía liberal, cuyo gran aporte a la liberación del hombre fue precisamente este segundo orden de libertades, se sentía gradualmente expropiada de ella a medida que se afianzaba en su ejercicio la clase obrera.

Esa burguesía que las había asumido y proclamado inicialmente como componentes centrales de su propia identidad histórica, las empezaba a encarar ahora como expresión e instrumento de una clase antagónica.

Aquel grandioso elenco de libertades individuales y derechos civiles que la burguesía había consagrado como valores absolutos, preservándolas del avasallamiento estatal, estaba nutriendo ahora el crecimiento de sindicatos, partidos y representaciones parlamentarias socialistas en el propio seno del sistema demoliberal burgués.

Lo que había sido inicialmente para la burguesía fuente de vida y fórmula de autoconciencia histórica parecía convertirse ahora en una amenaza de muerte.

En este cuadro, la burguesía acabaría por generar, como nueva expresión de sí misma, ideologías antiliberales.

Su ámbito ideológico sería ahora el autoritarismo, el fascismo, la idolatría del Estado.

Al antiliberalismo económico de la clase obrera se opondría un antiliberalismo político de la burguesía.

Cualquiera que se atenga a la sana lógica considerará factible traducir a términos positivo esta oposición entre dos negatividades.

Oponer al antiliberalismo económico de la clase obrera un antiliberalismo político de la burguesía resultaría entonces equivalente a oponer un liberalismo político de la clase obrera a un liberalismo económico de la burguesía.

La lógica, en otros términos, induciría a prever como respuesta de izquierda al autoritarismo de derecha una “apropiación” obrera de los grandes valores extraeconómicos del liberalismo, un empeño en preservar, enriquecer y profundizar la democracia, en asegurar continuidad a la vigencia de las libertades individuales y los derechos civiles.

La historia, sin embargo, no se ajustó a este rigor lógico.

Al autoritarismo de derecha se respondió desde el campo opuesto con un autoritarismo gemelo y simétrico que acabaría por originar dudas acerca de la medida en que su lugar de residencia podía ser considerado, reamente, como el “campo opuesto”.

Una de las grandes fuentes históricas de tal respuesta es, sin duda, el leninismo, tema cuyo tratamiento obligaría a duplicar la extensión de este libro y que deberá quedar, en consecuencia, para otras reflexiones.

Lo que aquí interesa es identificar una variante híbrida de aquella respuesta, un curioso producto histórico en el que formas de autoconciencia leninista se ven irónicamente convertidas en comportamiento internos de un populismo de derecha por vía de una simbiosis entre ambos autoritarismos.

La Argentina fue en las última décadas uno de los grandes escenarios de este fenómeno.

Allí el peronismo consiguió reeditar con enorme éxito una vieja astucia del populismo de derecha consistente en ignorar o dar por inexistentes las contradicciones internas de la cultura liberal.

El papel histórico específico del populismo de derecha es precisamente el de diseminar ideologías, imágenes, hábitos mentales, slogans, destinados a bloquear el desenlace lógico de las contradicciones liberales.

Es decir a impedir una apropiación obrera de los valores políticos y morales de la cultura liberal.

Pero esta operación sólo puede fundarse en una negación de aquella dialéctica interna liberal que lleva al establecimiento entre tales valores y los contenidos económicos del liberalismo.

En el cuadro que emana de esta negación, las libertades individuales y la libre empresa no son términos de una contradicción, sino partes inseparables de una misma cosa.

Y con la postulación de esta falsa identidad, el populismo de derecha logra descargar sobre los valores del liberalismo político la impopularidad del liberalismo económico.

El peronismo desarrolló magistralmente esta operación, generando y arraigando en la Argentina una mentalidad que asocia automáticamente la democracia con la oligarquía, la libertad de expresión con el conservadurismo de los gaiza paz, las garantías individuales con el ingeniero Alsogaray (*).

En este sentido, el peronismo consiguió crear dentro y también fuera de sí mismo un tipo de cultura política en el que nadie podía acceder al “campo del pueblo” más que al precio de escribir “democracia” entre comillas, de condenar la “partidocracia” y de mirar con sorna a cualquiera que abogara por los derechos civiles.

Es necesario señalar aquí que el peronismo pudo contar con abundante colaboración de izquierda en la confección de esta cultura política.

Una colaboración que prestó la lexicografía y el prestigio intelectual del marxismo a la estigmatización populista de los valores liberales y que convirtió el entrecomillado de la democracia en un automatismo mental de la clase media, en un título de suficiencia revolucionaria para estudiantes, profesores, literatos y tecnólogos.

La asamblea de Noticias dejó a la vista ese automatismo, esa cosmetología marxista al servicio de una cultura totalitaria.

Los Montoneros absorbieron y asimilaron sin pestañear la maniobra peronista de localizar el antiliberalismo en los valores políticos liberales.

Al lado de un liberalismo económico convencional y de rutina, el antiliberalismo más sentido, vivido y entrañabilizado por los montoneros era, ostensiblemente otro.

De cada diez expresiones montoneras de oposición al liberalismo ocho estaban dirigidas contra el liberalismo político.

En mis conversaciones con montoneros, los he  oído emplear la palabra “liberal” con veintena de acepciones extraeconómicas cuya filiación se remonta al lenguaje mussoliniano heredado de la derecha peronista.

“Liberal”, en la semántica montonera, significaba individualista, poco viril, comodón, desleal, pantuflero, vacilante, adúltero, débil, goloso, doméstico, cobarde…

Firmenich, en determinado momento, denuncia como una desviación peligrosa en el seno de su grupo “… un alto grado de liberalismo, de individualismo, hablando mal y pronto de cagazo…”.

Es la concepción scuadristica del liberalismo, en la que se lo condena no tanto por la aversión a una estructura económica opresiva como a partir de una arrogancia nietzcheana que abomina del hombre común y cultiva pretensiones de superhombría.

Un “liberal” es en el ideario de Firmenich y su gente, lo que un “civil” en el de los generales de la “seguridad nacional”: un hombre de segunda clase, el mayoritario y pasivo hombre-cosa cuyo destino esencial es el de ser vigilado, manipulado, eventualmente suprimido.

Quien busque la filiación de esta angulaciones montoneras para percibir al prójimo podrá encontrarla, sorprendentemente e indistintamente, en el culto ultraizquierdista de la lucha armada y en el GOU, en el terrorismo marighelista y en la exaltación fascista de la acción directa.

De esta doble filiación emana todo el sentido de la amalgama castro-peronista operada en Montoneros.

La conclusión, aunque lógica y de una diáfana conformidad con la naturaleza de las cosas, es de todos modos impresionante: es el elitismo militarista del extremismo revolucionario lo que hace que la inserción montonera en e peronismo un acto de confluencia con lo componentes más caracterizadamente fascista de la cultura política peronista.

(*)Funcionario de la Revolución Libertadora, ministro de Economía durante el gobierno de Arturo Frondizi y fundador del pequeño Partido Cívico Independiente – una agrupación representativa de la derecha económica -. Alvaro Alsogaray se distinguió en las últimas décadas como uno de los más caracterizado exponentes del liberalismo económico en la Argentina.

EPÍLOGO

Dedicada a Adriana, las reflexiones que aquí dejo anotadas estarían incompletas si no incluyera una explicación de esta dedicatoria.

Lo normal es que escribir un libro y buscar a quien dedicárselo sean dos operaciones independientes.

En mi caso, ambas se confunden y se implican entre sí: este libro sólo tiene sentido a partir de la tragedia individual de Adriana y de la tragedia colectiva que en ella encuentra uno de sus símbolos más reveladores y terribles.

Adriana murió una tarde de 1977, despedazada por una bomba que le estalló en las manos mientras ella se aprestaba a colocarla en una comisaría.

Había salido de su casa con un pretexto cualquiera, prometiendo estar de regreso a la hora de la fiesta que preparaban sus padres para agasajaría en su decimosexto cumpleaños.

En lugar de Adriana sus padre vieron llegar una comisión policial que habría de llevarlos a identificar su cadáver.

Adriana fue arrastrada a la muerte por un mal que no se ensañó sólo con ella.

Un mal que diezmó a buena parte de una generación y que todavía acecha a los sobrevivientes.

De ahí mi apremio por identificarlo, por ayudar a reconocerlo allí donde asome la cabeza en todo lo que tiene de alienante y de monstruoso.

No ignoro que esta dedicatoria-denuncia, apuntada a localizar responsabilidades – políticas, culturales, históricas – tras la muerte de Adriana, puede provocar algunas perplejidades, quizás algún reproche.

En medio de la gran masacre que padeció la Argentina durante los últimos años, la muerte de Adriana es una de las pocas, excepcionales, que no alcanza a incluir entre sus responsables al régimen militar.

¿Por qué elegir precisamente esa muerte para centrar en ella mi dedicatoria-denuncia?

¿Implica esta elección alguna reticencia para condenar un régimen que exterminó a millares de adolescente como Adriana?

Creo que de cuanto he escrito hasta ahora surge con claridad mi repugnancia por el ideario que presidió las acciones de este régimen militar, por las prácticas aberrantes que derivaron de ese ideario y por las repulsivas individualidades en las cuales estas prácticas se condensaron.

Pero ocurre simplemente que el régimen militar no es el tema de estas reflexiones, como no lo son los igualmente repudiables de Adolfo Hitler, Pol Pot o Pérez Jiménez.

Ocurre además que la criminalidad del régimen instaurado en la Argentina el 24 de marzo de 1976 es un clarísimo dato de la realidad poco menos que universalmente reconocido y condenado como tal.

El mal, aquí está a la vista.

No necesita ser descubierto desentrañado, identificado bajo apariencias engañosas y revelado a conciencias que lo ignoraban.

Su ostensibilidad es tanta, que cualquier empeño en condenarlo resulta un ejercicio literario o una tautología retórica, pero no un aporte enriquecedor a la conciencia de la gente.

Las responsabilidades que se esconden tras la muerte de Adriana, en cambio, son más esquivas, menos reconocibles.

En contraste con las del régimen militar, expuestas desnudas a la abominación universal, estas otras se ven protegidas y disimuladas por una prestigiosa fraseología revolucionaria y por un peculiar estado de conciencia que genera cierta clase media ilustrada predisposiciones a compartir, comprender o disculpar toda irregularidad que se cometa en nombre de la revolución.

Confieso que mi denuncia de aquellas responsabilidades tiene que afrontar aquí un giro penoso, en la medida que su formulación implica también denunciar ese colchón protector, un colchón que me resulta imposible de desventrar sin sacar a relucir una parte de mí mismo.

Más allá de los montoneros, a los que sido y soy ajeno, estas reflexiones tienen también por blanco un determinado tipo de cultura política que en cierto modo los ayudó a existir y de la que en un pasado no muy remoto fui participe y difusor.

En ese camino compartí caminos y metas, por ejemplo, con Paco Urondo y con tantos otros que como él sacrificaron sus vidas a modelos de cultura y de acción que rechazo.

Quede claro, pues, que los comportamientos aquí denunciados no pertenecen a marcianos, a seres extraños y distantes, sino apersonas que he tenido a mi lado, que han dejado alguna huella en mi vida, y quizá murieron con alguna huella mía impresa en las suyas.

Pienso con infinito desconsuelo en la posibilidad de que aquella huella mía – tal vez algo que pude haber dicho o escrito en mis contribuciones de hace dos décadas a la literatura de los “diez, cien, mil Vietnam” – haya abierto para alguno de ellos el camino que lo llevó a la muerte.

El esfuerzo del que en estas reflexiones dejo constancia por caracterizar a los montoneros y por desentrañar los componentes secreto de su identidad cultural no puede ni debe ser considerado en consecuencia como un presuntuoso j’accuse, como una condena dictada desde posiciones de impoluta extraneidad a lo condenado.

Si lo que describo es horroroso, para mí lo es doblemente por tratarse de un horror que en cierto modo germina de mis propias raíces.

Con horror pienso en el trágico fin de Adriana y en personalidad de quien pudo haberla programado para esta inmolación.

Si luego trato de asignar un rostro y un nombre a esta personalidad, encuentro entre sus identidades posibles la de Paco, mi viejo y querido amigo Paco Urondo.

Mi condena no se atenúa con este rostro a la vista: sólo se hace más doliente.

Porque el rostro de Paco transparenta otros rostros, materialmente más distantes de aquel infanticidio, pero igualmente comprometidos en la cultura que lo hizo posible.

Rostros que incluyen el mío, y los de toda una generación que pregonó la dialéctica de las ametralladoras, en un rapto de frivolidad literaria que más tarde sería asimilado en término menos libresco por sus hijos.

Los montoneros, afortunadamente, han quedado atrás en la historia argentina, en la conciencia de los argentinos, y acaso parezca superfluo o anacrónico a esta altura un intento de estimular aversiones contra ellos.

Condenar a los montoneros ya es en el país moneda corriente, casi una moda, por cierto más saludable que la moda precedente de ensalzarlos.

Pero ocurre que los montoneros son sólo la puntita de un iceberg, cuyos componentes sumergidos no siempre están presente en lo que se suele condenar bajo el rótulo de montoneros.

Y una condena limitada a la parcela emergente es estéril, no denota conciencias inmunizadas contra una repetición del fenómeno.

La inmunidad depende de que todo el iceberg esté a la vista, y mis reflexiones aspiran a ser un paso en esa dirección

(FIN)

Fuente
Pablo Giussani
“MONTONEROS La soberbia armada”
Planeta Bolsillo
Mayo 1997




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¡BIENVENIDOS, GRACIAS POR ARRIMARSE!

Me atrevo a interpelar, por sentirlos muy cercanos, por más que las apariencias parecieran indicar lo contrario; insisto en lo de la cercanía, por que estamos en el mismo bote – que hace agua - , tenemos pesares, angustias y problemas comunes, recién después vienen las diferencias.

La idea es dialogar, hablar de nuestras cosas, hay textos que nos proporcionan la información básica – no única-, solo es una propuesta como para empezar. La continuidad depende de Ustedes, un eventual resultado adicional depende de todos.La idea es hablar desde un “nosotros” y sobre “nuestro futuro” desde la buena fe, los problemas exigen soluciones que requieren racionalidad, honestidad intelectual que jamás puede nacer desde la parcialidad, la mezquindad, la especulación.

Encontraran en “HASTA EL PELO MÁS DELGADO ...”, textos y opiniones sobre una temática variada y sin un orden temporal, es así no por desorganizado, sino por intención – a Ustedes corresponde juzgar el resultado -.Como no he vivido en una capsula, ya peino canas, tengo opiniones y simpatías, pero de ninguna manera significa dogmatismo, parcialidad cerrada.Soy radical (neto sin adiciones de letras ninguna), pero no se preocupen no es contagiosos … creo, solo una opción en el universo de las ideas argentinas. Las referencias al radicalismo están debidamente identificadas, depende de Ustedes si deciden “pizpear” o no.

El acá y ahora, el nosotros y el futuro constituyen la responsabilidad de todos.Hace más de cuatro décadas, en mi lejana secundaria, de una pasadita que nos dieron por Lógica, recuerdo el Principio de Identidad, era más o menos así: “Si 'A' no es 'A', no es 'A' ni es nada”, por esos años me pareció una reverenda huevada, hoy lo tomo con mucho más respeto y consideración. Variaciones de los mismo: no existe un ligero embarazo; no se puede ser buena gente los días pares.

Llegando al Bicentenario – y aunque se me tildé de negativo- siento que como pueblo, desde 1810, hemos estado paveando … a vos ¿qué te parece?. En algún momento perdimos el rumbo y ahí andamos “como pan que no se vende. Cuentan que don Ángel Vicente Peñaloza decía: “Como ei de andar, en Chile y di a pie, cuando hay de que no hay cunque, cuando hay cunque no hay deque”.

De tanto mirarnos el, ombligo y su pelusa, tenemos un cerebro paralitico, cubierto de telarañas y en estado de grave inanición. Padecemos una trágica concurrencia de factores que nos impiden advertir – debidamente -, este, nuestro triste presente y lo que es peor aún, nos va dejando sin futuro.

A los malos, los maulas, los sotretas, los villanos, los mala leche, los h'jo puta, los podemos enfrentar pero … ¿qué hacemos con los indiferentes, con los que solo se meten en sus cosas, y no advierten que el nosotros y el futuro por más que sean plurales son cosas personalisimas? Y luego dicen que quieren a sus hijos y su familia; ¡JA!, ¡doble JA!, ¡triple JA! (il lupo fero).

¡¡EL REY ESTÁ EN PELOTAS!!, dijo el niño de la calle, hijo de padre desconocido y madre ausente, ese niño es mi héroe favorito.

¿QUÉ ES PEOR LA IGNORANCIA O LA INDIFERENCIA?

¡¡NO LO SÉ Y NO ME IMPORTA!!

El impertinente, el preguntón es nuestra esperanza, nuestro “Chapulin Colorado”.

Mis querido “Chichipios” - diría don Tato- no olviden que además de ver el vaso medio vació o medio lleno, hay que saber que contiene – sino que le pregunten a Socrates - ¡Bienvenidos! Adelante. Julio


Mendoza, 11 de noviembre de 2009.