28 jul 2017

- 17 - MONTONEROS LA SOBERBIA ARMADA











Resultado de imagen para montoneros la soberbia armada portadas




43

Si algún sentido puede asignarse a la sinuosa, ambigua y desconcertante política seguida por Perón durante su largo exilio, es el de remediar el déficit de representatividad que durante el régimen peronista de 1946-1955 había determinado una constante contradicción entre la naturaleza del movimiento y su base social.

Se trataba de ganar para el peronismo un espectro de respuestas sociales que, superando el desequilibrio obrerista de 1945, ofreciera un correlato objetivo al anhelo de globalidad que cultivaba Perón como componente esencial de su proyecto.

La identificación de la política seguida por Perón en el exilio es todavía materia de discusión entre politólogos.

¿había una línea de  acción fundamental que unificara y diera sentido a todos los contradictorios discordantes e impredecibles dados por Perón durante aquellos dieciocho años?

Resultado de imagen para PERON EN PUERTA DE HIERRO FOTOS

Las hipótesis posibles son básicamente dos:

1-    Que Perón hubiera aceptado la caída de su régimen como un hecho irreversible, excluyendo toda posibilidad de reconquistar el poder, o siquiera de retorno a la Argentina, y limitando la función del peronismo al cumplimiento, en el llano, del papel de regimentador de masa que él y buena parte de los militares comprometidos en su derrocamiento coincidían en asignarle. En todo caso, el turbulento proceso que en los años ’70 lo llevó de vuelta al país y al poder habría rebasado sus expectativas, arrastrándolo por un camino que no figuraba en sus planes.

2-    Que su retorno a la Argentina y al poder en 1973 hubiera sido la exitosa coronación de una hábil y paciente estrategia elaborada y seguida por Perón con ese preciso fin desde el primer día de su exilio.

La primera hipótesis puede resultar tentadora para cualquiera que pretenda acumular apreciaciones peyorativas sobre el comportamiento de Perón.

Pero creo que hay más elementos de juicio en favor de la segunda.

Desde su primer retorno temporal a la Argentina, a fines de 1972, Perón desplegó sin vacilaciones una estrategia de alto vuelo y de una sofisticación que sólo puede explicarse como producto de un largo proceso de elaboración previa.

En cada paso dado por Perón durante ese período, nada había de la improvisación, la incertidumbre o la perplejidad que inevitablemente se habrían dejado de advertir en su conducta si las circunstancias que lo llevaron de vuelta a la Argentina lo hubieran tomado de sorpresa.

De hecho, la política desplegada por Perón en la hora de su retorno entroncaba con el viejo y desatendido discurso de la Bolsa de Comercio, propulsor de un proyecto algo distinto de lo que luego resultó ser el “peronismo” histórico.

“Yo al peronismo le he dejado atrás”, dijo Perón poco después de su retorno, en una declaración que muchos consideraron sibilina, pero que acaso reflejara aquel entronque, el propósito de extender la representatividad peronista más allá de la base obrera que daba sustento y al mismo tiempo fijaba límites al movimiento.

No se trataba de que el peronismo, a la manera leninista, invistiera la representatividad de un sujeto social obrero en busca de alianzas con otros sectores.

Se trataba, por el contrario, de un peronismo lanzado a buscar en esos otros sectores un sujeto ajustado a su propio proyecto, como un personaje pirandelliano en busca de su autor.

En rigor, ya la enfatización del “movimiento” tras el golpe de 1955 había apuntado también en esta dirección.

La informe vaporosidad del movimiento permitía eludir las precisiones políticas propia de un partido y desarrollar un peronismo de dos, tres o cuatro vertientes, un peronismo tentacular y apto para proyectarse en direcciones divergentes hacia su objetivo de representatividad global.

Con su multiplicidad de compartimientos internos, provistos individual y separadamente de políticas, orientaciones e inclinaciones independientes entre sí, el movimiento mantenía a disposición de su líder un repertorio de líneas duras, líneas blandas, líneas de derecha, línea de izquierda, líneas tendidas hacia La Habana y línea enrocadas en torno a la embajada estadounidense, líneas multicolores y en abanico, que Perón podía activar o desactivar según sus necesidades tácticas del momento.

Esta diferenciación interna estimulaba una diferenciación interna gemela en la áreas sociales por conquistar – industriales, militares, clase media ilustrada -,  proponiendo en ellas una dialéctica encaminada a depositarlas finalmente en el vasto regazo peronista.

Ya se sabe cómo funcionaba todo esto.

Si los militares se endurecían y acentuaban políticas proscriptivas frente al peronismo, el movimiento activaba su propia línea dura en un amago de radicalización que permitía a la blanda encontrar nuevos término de diálogo y negociación con los mandos.

Se generaba de esta manera, una simétrica línea blanda militar volcada a reabrir espacios políticos para el peronismo, en un intento de impedir el colapso de sus franjas más moderadas en las batallas interna por la conducción del movimiento.

El resultado era que cada reactivación de la línea dura peronista acababa por asegurar al movimiento un mayor grado de penetración, a través de su vertiente blanda, en aquel mundo empresario y militar acomodado y temeroso del cambio, que por un malentendido histórico había nutrido las fila antiperonistas, pero que atesoraba en su seno el sujeto ideal del peronismo, el sujeto por conseguir.

Esta “caza de sujeto” es, en realidad, lo que unifica estratégicamente todas las conductas divergentes de Perón el exilio.

Con el derrocamiento del presidente Arturo Frondizi en 1962, la línea dura o “colorada” de las fuerzas armadas ascendió al primer plano del cuadro militar, abriendo curso a un período de intensa persecución contra el peronismo.

En respuesta a ese cambio, Perón embarcó a su movimiento en un aparatoso “giro a la izquierda”, cuyo desarrollo fue confiado a su “línea dura” interna, encarnada en Andrés Framini. (*)

Surgió de esta manera una formal alianza entre el peronismo, el partido comunista, el socialismo de vanguardia y otros grupos menores, algunos de los cuales aportaban al conjunto un furioso castrismo.

Con este estremecedor telón de fondo, la línea blanda del peronismo, personificada entonces por Raúl Matera, pudo operar persuasivamente sobre sus contactos castrenses, subrayando el peligro de que el gigante peronista se abriera por su base a la penetración del castrismo, como resultado dela negativa militar a concederle participación en la vida institucional de país.

Centenares de oficiales resultaron sensibles a tal argumentación y, con el respaldo sensible a tal argumentación y con el respaldo consistente de sectores empresarios también sobresaltados por la perspectiva de un peronismo articulado con La Habana, acabaron por confluir en la insurrección “azul” de setiembre de 1962, que desplazó a los mandos de la línea dura castrense, prometiendo nuevas aperturas al peronismo.

Lograda la victoria “azul”, Perón dio por terminado el “giro a la izquierda”, retiró del escenario a Framini, y el énfasis puesto sobre éste durante los seis meses previos fue desplazado hacia el peronismo conciliador de Matera.

El “giro” había tenido la virtud de ampliar los márgenes para el diálogo entre peronistas y militares.

Este tipo de operación, magistralmente reiterado una y otra vez por Perón desde su puesto de comando en el exilio, fue definido en la jerga de política argentina de la época como un “juego pendular”.

Resultado de imagen para PENDULO DIBUJOS

Se trataba, sin embargo, de un movimiento que difería de la pendularidad física en el detalle de que el péndulo peronista, al completar cada ciclo de ida y vuelta, rebasa su punto de partida en vez de detenerse un trecho antes de alcanzarlo.

Completado cada ciclo, el peronismo se había internado algunos pasos más en los sectores sociales por conquistar, en el mundo del sujeto por conseguir.

Cuando más avanzaba el péndulo por el camino de la radicalización en su movimiento de ida, más alto eran los niveles que alcanzaba en el seno del establishment su movimiento de vuelta.

Era un juego terriblemente difícil, que muy pocos líderes han intentado con éxito y que en la Argentina seguramente no habría dado resultado sin el incuestionable genio político de Perón.

Había que saber impulsar cada movimiento de péndulo en términos que no le permitieran arrastrar consigo la imagen de quien lo impulsaba.

Había que saber producir en el peronismo desplazamientos hacía La Habana, Moscú o Pekín en términos que dejaran a salvo en la figura de Perón un margen de credibilidad para militares, industriales y terratenientes.

Y había que saber desarrollar también la operación inversa.

Cada paso hacia la izquierda debía darse con explicaciones convincente para la derecha, así como cada paso a la derecha debía ir acompañado de un guiño o una boutade que la hiciera aceptable para la izquierda.

Perón sabía acompañar sus invocaciones de Mao o del Che Guevara con mensaje en sordina hacia la derecha que las explicaban tranquilizadoramente como recursos orientados a mantener bajo control a sectores juveniles radicalizados que de otro modo podían quedar atrapados por el castrismo.

Y de paso, subrayaba el peligro de que el fenómeno de la radicalización, sin la astucia del viejo caudillo quedara fuera de control.

Framini, su giro a la izquierda y los estribillos castristas que habían plagado en el salón “Unione e Benevolenza” de Buenos Aires el acto fundacional de la efímera alianza peronista-marxista de “giro a la izquierda”, iban introduciendo lentamente y a su modo en la escena política argentina los factores de pánico que en Italia de la primera posguerra habían asegurado a Mussolini el respaldo de industriales y terratenientes.

El exilio era encarado así por Perón como un marco en el cual desarrollar una operación que había sido omitida en medio de las impaciencias de 1945.

El establishment argentino debía ser motivado a sentir la necesidad de un guardaespaldas.

Resultado de imagen para GUARDAESPALDA DIBUJOS

La memoria histórica permite a veces asociaciones reveladoras.

Para quienes hayan seguido el curso de la historia europea entre las dos grandes guerras, la pendularidad de Perón puede resultar evocativa de la trayectoria similar seguida con igual maestría por Adolfo Hitler en su marcha hacia el poder en Alemania.

También el nacionalsocialismo, durante el período que precedió a su instalación y consolidación en el gobierno, generó en su seno una “línea dura” y radicalizante representada por el grupo Roehm.

Decididamente alentados en un principio por el Fuhrer, Roehm y sus S.A. fueron proyectados sobre el cuerpo social de Alemania como una bomba de succión que canalizó hacia el nacionalsocialismo a gran parte de la juventud alemana y también considerables franjas de la clase obrera.

Resultado de imagen para HITLER Y ROHEM FOTOS

“Nosotros dentro del nacionalsocialismo, ponemos el acento sobre el socialismo”, solía decir Roehm, quien reclamaba la redistribución de la tierra, la liquidación de los junkers, la nacionalización de gran capital, la socialización de Alemania.

A caballo de esta aparente oleada revolucionaria, Hitler instrumentaba su propia aptitud para frenarla, mantenerla bajo control o eventualmente liquidarla como carta de negociación para pactar con los junkers, los dueños de a tierra y el gran capital.

El papel histórico de Roehm no fue otro que el de estimular la disponibilidad del establishment alemán para un entendimiento con el Fuhrer.

Hitler, luego de alcanzar el poder y consolidarse en él como fruto de este entendimiento, ordenó el exterminio físico de Roehm y de su grupo en lo que habría de recordarse luego como “la noche de los cuchillos largos”.

Framini y todas la líneas duras desarrolladas por el peronismo a lo largo de los años ’60 le sirvieron a Perón para avanzar algunos pasos en dirección a un entendimiento similar con los detentadores de poder real en la Argentina.

Pero Framini no era Roehm. Sus pasos a la izquierda no eran pasos dados por una formidable maquinaria paramilitar erizada de ametralladoras como las S.A. alemanas.

Su utilidad y su función se agotaban a bastante distancia de la meta.

El camino que quedaba por recorrer exigían un Roehm.

Y, en 1970, Roehm irrumpió providencialmente en el escenario peronista empuñando las ametralladoras montoneras.

(*) Andrés Framini, dirigente del gremio textil, había sido designado candidato de peronismo a gobernador de la provincia de Buenos Aires en las elecciones provinciales de 1962 y su victoria en esos comicios fue el principal desencadenante del golpe militar que derrocó al presidente Arturo Frondizi. Más tarde apareció siempre asociado con los sectores más radicalizados del peronismo.

44

En nuestros días, todo el mundo tiene acceso a la experiencia de ver su propio nombre en sobres, facturas, invitaciones, o incluso en un periódico.

No es, por tanto, una experiencia que distinga o que confiera rango.

No ocurría lo mismo hace un milenio, cuando sólo una reducida élite vivía y actuaba en situaciones que podían ofrecer ocasionales motivos para la mención de sus nombres por escrito.

En Inglaterra medieval, por ejemplo, las nóminas de signatarios o de invitados a una fiesta de palacio eran por sí mismas signos de distinción para los pocos que tenían el privilegio de figurar en ellas.

Durante un período, sólo la aristocracia inglesa tenía acceso a tales listas, que presentaban cada nombre acompañado de su respectivo título nobiliario.

Pero con el tiempo, una franja plebeya enriquecida y promovida socialmente por el desarrollo del comercio logró alcanzar el honor de figurar en aquellos elencos,  reservados hasta entonces a la nobleza.

Carentes de títulos, sin embargo, su nombres aparecían escritos en ellos con el aditamento sine nobilitate o, más frecuentemente, con la abreviación s. nob.

La palabra snob, originada de esta manera, acabó, con el tiempo por cobrar vigencia universal como calificativo aplicado a toda persona de baja extracción social que se esfuerza por ganar status imitando generalmente mal, los hábitos, las modas, el lenguaje de una clase considerada superior.

El snob desempeña un papel de cierta importancia en la evolución de las pautas culturales de una sociedad.

Por su intermedio se va desarrollando una progresiva apropiación de la cultura de una clase por otra considerada inferior, proceso que, a su vez, imprime un peculiar dinamismo dialéctico a los afanes de la clase culturalmente saqueada por preservar su propia distinción social.

Mientras que la “masa” de la clase superior permanece durante un tiempo apegada por inercia a sus viejos hábitos culturales, comienza a crecer en los sectores más ilustrados, sofisticados o pretenciosos de este estrato social una actitud de rechazo frente a la invasión de abajo.

Esta “élite de la élite” deja de ver en su progresivamente enajenada y vulgarizada cultura de origen la fuente de autodiferenciación que inicialmente había encontrado en ella, y consecuentemente la abandona.

En una Argentina como aquella de las postrimerías del siglo XIX, donde el vulgo no leía o leía poco, la alta sociedad podía distinguirse o identificarse social o culturalmente leyendo La Prensa.

En una Argentina como la de 1950 o 1960, donde la lectura de La Prensa era ya un hábito cotidiano del almaceneros y porteros, el apego de la alta burguesía al diario de los Paz sobrevive en la “masa” de esa capa social, pero se va debilitando en sus franjas más ilustradas.

El snobismo del vulgo genera en la aristocracia un snobismo de segundo grado, con una misma cultura que resulta tomada por asalto en el primer caso y desertada en el segundo.

Resultado de imagen para SNOBISMO CARICATURAS

Ambas variantes responden no a un genuino interés cultural, sino a propósitos de autodiferenciación social que también las asocia en una común falta de creatividad.

La deserción de la propia cultura es en una y otra instancia una operación imitativa, con la diferencia de que el segundo caso el objeto por imitar está bastante menos definido que en el primero.

En el snobismo de primer grado, el vulgo que la cultiva tiene claramente por delante una cultura que desea absorber o en la aspira mimetizarse. Sabe lo que quiere.

En el snobismo de segundo grado, sólo e tiene por delante una cultura que se quiere abandonar.

En esta variante, lo que se sabe es, primordialmente, lo que no se quiere.

El snob de segundo grado viene a encontrarse así en una situación bastante similar a la del joven rebelde de clase acomodada y, como este, se mueve hacia una inversión de la ahora vulgarizada escala de valores que era en el pasado identificatoria de su clase.

Toda su vida cultural se carga de conductas levantiscas y adolescentes, entregadas a la excitación de épater le bourgeois.

Y en esta transmigración cultural ocurre a veces, aunque no siempre necesariamente, un fenómeno curioso.

Tratándose de una operación básicamente imitativa en la que el snob de segundo grado sólo puede asumir algo que está previamente propuesto y a la vista, ocurre que aquella exquisita “élite de la élite” acaba por cifrar su autodiferenciación en una apropiación de los valores “populares” pretendidamente tales que el snobismo vulgar a abandonado.

En esta dirección apunta también, por otra parte, el impulso rebelde a la contestación y a la inversión de valores que figura entre los estimulantes de esta transmigración cultural.

El snob de segundo grado vive secretamente esta operación, no como un movimiento hacia la vulgaridad, sino como un refinamiento.

Lo “vulgar” es ahora para él su propia cultura ancestral, cuyo valores cada vez más socializados amenazan con dejarlo sin demarcaciones frente al tendero de la esquina.

Y, en este marco, la adopción de una remota cultura de extramuros extraña a la vulgaridad de su entourage cultural inmediato, puede resultar para nuestro snob de segundo grado inesperadamente chic.

La Argentina ofreció en las últimas dos décadas una clara y cabal ilustración de está dialéctica cultural.

Al promediar los años ’60 comenzó a circular Crónica en Buenos Aires como un diario clamorosamente sensacionalista y populachero.

Como tal tuvo de inmediato un enorme éxito que no alcanzaba a superar, sin embargo, los umbrales de las casas “bien”.

Devorado por el vulgo a secas, era consecuentemente rechazado y despreciado tanto por la alta sociedad como por el snobismo vulgar que la imitaba.

Pero esta precisa delimitación social de su éxito acabó por incorporarlo de un modo sólo en apariencia  resulta paradójico, al consumismo ultraselectivo de los sbnos de segundo grado.

La lectura de Crónica, de rigor en los barrios marginales, llegó a ser un hábito elegante en la “élite de la élite”.

Sus temas, su lenguaje, sus titulares comenzaron de pronto a ser festejados en las reuniones intelectuales como una preciosa surgiente de genialidades, insospechadas sutilezas y mensajes secretos.

Crónica se convirtió de este modo en un diario de villeros y sociólogos, obreros de la construcción y libreros de moda, de costureras y expertos en informática.

Durante los mismos años, esta mistificación de la vulgaridad primigenia como fuente de distinción para exquisitos enriqueció también con otros aportes, como la serie televisiva de batman y “Los titanes en el ring”, el temario obligado en las fiestas de los psicoanalistas.

Hacia fines de los años ’60 – y en la misma línea de aficiones heterodoxas a Crónica, Batman y “Los titanes en el ring” -, los profesionales, estudiantes y ejecutivos ilustrados que cultivaban en la Argentina el snobismo de segundo grado encontraron u gran desahogo en la sofisticación suprema de “hacerse peronistas”, incorporando el villero look a la indumentaria de moda en Palermo Chico (*) y ensayando modulaciones de afectada familiaridad para llamar “el Viejo” a Juan Perón.


Esta cultura de la vulgaridad idealizada tuvo bastante que ver con la festiva caravana de automóviles que en 1971 volcó su carga de usuarios de moquettes y coleccionistas de Castagninos frente a la residencia de Gaspar Campos (**) para saludar al primer retorno de Perón a la Argentina.

Resultado de imagen para RESIDENCIA GASPAR CAMPOS FOTOS

“El peronismo es bárbaro, ¿viste?”, dijo a para frente a las cámaras de televisión en Ezeiza una joven ocupante del famoso chárter contratado para ese primer retorno.

El comentario era un expresivo reflejo de aquella cultura que amalgamaba, una rechinante asociación, el consumo de peronismo con los hábitos apreciativos de cierta burguesía ilustrada.

Se trataba de una cultura que, repitiendo los mecanismos de la rebeldía adolescente, se comía la eses y endiosaba a Perón porque La Prensa lo satanizaba.

Una cultura que creía colmarse de contenidos populares asumiendo con signo positivo las desprolijidades atribuidas al “pueblo” desde ciertas alturas sociales.

Era una cultura de disfrazados, de desclasados voluntarios, que producía a vece curiosas escenas como la del individuo de melena polvorienta, camisa deshilachada y alpargatas barrosas que, marchando en 1973 al frente de una manifestación villera hacia la plaza de Mayo, se detuvo en determinado momento a extraer de su bolsillo una pipa y un sobre de tabaco.

Insurrecta contra la ahora adocenada cultura de sus ancestros, en la que comulgaban ya socios de Jockey Club y carniceros enriquecidos, esta pequeña burguesía buscó nueva formas de distinción apropiándose de una identidad popular palabrotera, grasienta y de uñas sucias  que sólo existía en sus propias fantasías populistas.

Era natural que esta búsqueda de inmersión en lo popular acabara por descubrir el peronismo, un peronismo “visto desde arriba”, peligroso y maleducado.

Como era natural que este descubrimiento cayera en la clásica codificación izquierdista de tales rebeldías.

Perón supo facultar el proceso con una certera percepción de los señuelos necesarios para precipitarlo, acelerarlo y ampliarlo.

Conocía los tics de este conglomerado social y sabía que su encuentro con el peronismo dependía de la medida en que el movimiento atinara a ofrecerle estímulos aptos para satisfacer expectativas de “izquierda”.

Uno no puede menos de admirar, por ejemplo, el acierto con que viejo líder seleccionó para esta operación a Rolando García {Ver capítulo 31 y sus notas}.

De todas las figuras disponibles en la Argentina de los años ’50 y ’60, ésta era sin duda la más emblemática de aquella franja social Fubista (***), cubanista, “antiyanqui”, denunciador de penetraciones culturales imperialistas, desenvuelto en el uso de la terminología marxista, Rolando García presentaba todos los componentes de una personalidad llamada a espejar la versión que tenía de sí misma nuestra pequeña burguesía ilustrada.

El psicoanalista Pichon Rivière inventó, en un recurso para interpretar cualitativamente los datos cuantitativos aportados por un sondeo de la opinión pública la figura del Señor Abtractus, que compendiaba en una personalidad imaginaria todas las inclinaciones, las esperanzas, las creencias, los anhelo, prejuicios y miedos de la muestra social usada para la investigación.

Rolando García era de algún modo el Señor Abtractus de un determinado producto social argentino, contestatario y contemporáneamente apegado al propio status, presente en el estudiantado universitario, en la intelectualidad progresista, en cierto empresariado moderno y abierto al cambio.

Mientras se asentaba en la Argentina una nueva dictadura militar tras el interludio de Illia, Perón consagró en Madrid a Rolando García varias sesiones de fascinación personal y persuasión política.

De ellas emergió el ilustre ex rector universitario con la cándida convicción que su papel en la futura Argentina sería el planificar para el peronismo una sociedad socialista.

La anexión de García fue parte de una vasta operación que también incluyó similares sesiones de persuasión dictadas a Rodolfo Galimberti (****), la sagaces referencias a “mi amigo Mao” que plagaron el lenguaje de Perón en los últimos años ’60 y el gozoso aval concedido desde Puerta de Hierro a las “formaciones especiales” que libraban en la Argentina una guerra de guerrillas por la “Patria Socialista”.

Perón estaba lanzado a través de estas acciones su más espectacular expedición de caza sobre las áreas sociales que en pasado habían dado vida al antiperonismo y ofrecido y una base de masa a la sublevación militar que en 1955 puso fin al primer régimen peronista.

Con un refinamiento estratégico francamente florentino, estaba en curso la ya señalada “caza del sujeto”, sofisticadamente organizada en dos distintos safaris político a los que habían sido asignadas direcciones de marcha aparentemente opuestas en la jungla sociocultural argentina.

Una de estas líneas expedicionarias se internó agitando abalorios revolucionarios en aquellas capas estudiantiles, intelectuales y profesionales de posturas progresistas.

Se trataba aquí de capturar – o de neutralizar como posible oposición – a una franja social cuya presencia había sido determinante en el proceso desestabilizador que culminó con el derrocamiento de Perón en 1955.

Y la caza tuvo, en esta área, un éxito notable.

La segunda línea expedicionaria partiría de los buenos resultado obtenidos por la primera para agitar ante un alarmado estamento militar y empresario la perspectiva de un peronismo radicalizado, cubanizado y violento, pero al mismo tiempo sujeto a un centro de control que hasta podía eventualmente sacrificarlo, llegado el caso.

Se trataba ahora de negociar el sacrificio.

En una reproducción criolla de doble juego hitlerista, el objetivo asignado al primer safari no era otro que el poner en manos del segundo una decisiva carta de negociación para la gran captura del sujeto.

Montoneros como el grupo Rohem en su momento canalizó esta operación de caza mayor en su delicada primera etapa, como una bomba de succión aplicada por Perón a la universidades, los foros profesionales y demás componentes de aquel inquieto cardumen social cuyo Señor Abstractus era Rolando García.

(*) Palermo Chico es uno de lo más exclusivos barrios residenciales de Buenos Aires.

(**) Cuando Perón llegó por primera vez a la Argentina en noviembre de 1972, tras 17 años de exilio, se alojó en una residencia adquirida para él por el movimiento justicialista y ubicada en la calle Gaspar Campos, de Vicente López, barrio suburbano de Buenos Aires.

(***) El término “fubistsa” designa en la jerga política argentina cierto izquierdismo de clase media y antiperonista cuya expresión más característica fue la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

(****) Rodolfo Galimberti comenzó a cobrar cierta notoriedad entre fines de los años ’60 y principios de la década siguiente como líder de la llamada Juventud Argentina para la Emancipación Nacional (JAEN), una agrupación de tendencia nacionalista que sería absorbida más tarde por la Juventud Peronista (JP). Ingresado en las filas montoneras, Galimberti dirigió junto con Juan Gelman, una corriente escisionista que les valió a ambos una condena a muerte – nunca ejecutada – por parte de la organización.

45

La Argentina había vivido quince años de completa ingobernabilidad y estaba cansada de ella.

Su vida política había permanecido entrampada durante todo ese período en una contradicción de hierro entre el empeño militar en bloquear el acceso de los peronistas al poder y la imposibilidad de gobernar sin ellos.

Si se celebraban elecciones con participación del peronismo, éste resultaba triunfante y precipitaba el estallido de un golpe militar.

Si se celebraban con el peronismo proscripto, surgían de la urnas gobiernos débiles, imposibilitados de gobernar frente a la resistencia clandestina de una fuerza mayoritaria y condenados a sucumbir finalmente bajo nuevas intervenciones de los militares.

De estas intervenciones, a su vez, emergían regímenes destinados también a fracasar por obra de la diabólica pendularidad peronista que acaba siempre por quebrarles el frente interno.

El resultado era un tembladeral político que inhibía el crecimiento económico, impedía todo intento de planificación a largo plazo, desalentaba inversiones, desataba fugas de capitales y extremaba los contrastes sociales en ulterior detrimento de la gobernabilidad.

El gobierno militar de Onganía recogió, al instalarse, las últimas reservas de expectativas que podía dispensar la fatigada burguesía argentina en el marco del esquema proscriptivo surgido de la Revolución Libertadora.

Y cuando también este experimento se desgastó bajo la formidable combatividad de masas desencadenadas en 1969 por el “Cordobazo”, el establishment argentino comenzó a dar muestras de disponibilidad para algún tipo de opción que quebrara aquel esquema.

Se llegó así a 1970 un año decisivo para este proceso, en el que todos los sectores del país parecían un salto de calidad.

Salvador Allende emergía victorioso de las elecciones presidenciales chilenas,, y la inquietud que ya venía provocando en Washintong la inacabable crisis argentina se convirtió ahora en franca alarma ante la perspectiva de que ese pozo de inestabilidad compartiera 3000 kilómetros de frontera con lo que se visualizaba desde el Departamento de estado como un satrapía andina del castrismo.

De esta manera, los Estados Unidos pasaron a compartir y aun estimular la disposición ya visible en el establishment empresario-militar de la Argentina a explorar formas de estabilización política fuera del ineficaz modelo proscriptivo vigente desde 1955.

Todo el vasto conglomerado de intereses económicos, internacionales y geopolíticos que componían el aparato del poder real en la Argentina, se ponía así en movimiento para cubrir el último tramo del largo camino rumbo a la meta hacia la cual quería llevarlo Perón desde el exilio.

Los montoneros desempeñaron un papel clave en este movimiento, aunque habían entrado en escena, paradójicamente, para tratar de impedirlo.

Contribuyeron además a definirlo en una de las de las dos direcciones posibles que aparecen delineadas a principios de 1970, cuando las secuelas del “Cordobazo” habían dejado ya sin credibilidad al último intento de estabilizar institucionalmente a la Argentina con exclusión del peronismo.

Eran tres los proyectos políticos individualizables ese año en la escena política argentina, tales como:

1.    El de una confluencia del establishment con el peronismo en términos de una partnership negociada y pactada entre partes desde posiciones independientes. Los empresarios, la clase media ilustrada, los militares y demás sectores asociados hasta entonces en lo que había sido una opción antiperonista, aparecían abiertos ahora a un entendimiento con Perón, pero como sujetos de una fuerza autónoma y diferenciada del peronismo.

Es éste el proyecto que buscó una vía de canalización a través del general Aramburu cuya aproximación a Perón no respondió al propósito de englobar bajo una sola representación política a los grandes sectores que se venían enfrentando bajo la contradicción peronismo-antiperonismo, sino al de buscar un acuerdo entre ambos a partir de representaciones claramente delimitadas y distinguibles.

2.    El mismo proyecto de confluencia entre el establishment y el peronismo, pero  no a manera de una partnership entre iguales, sino como culminación de un proceso de absorción centralizado que acabara por abarcar a los dos sectores del país bajo una sola representación hegemónica.

Tal era, en 1970 como en 1945, el proyecto político de  Perón, en el que obreros, empresarios, estudiantes, intelectuales y militares no eran visualizados como sujetos sociales de fuerza políticas distintas sino como componentes ideales de una fuerza política única.

3.    El proyecto montonero, encaminado a bloquear cualquier encuentro o entendimiento entre el establishment y el peronismo, a fin de mantener a este último en una clandestinidad que lo radicalizara. El peronismo, como expresión política del movimiento de masas, no debía acceder a un acuerdo que o insertara en el “sistema” sino proveer de brazos a la lucha contra el “sistema”.

La decisión de asesinar al general Aramburu germinó en esta concepción de los montoneros, fundada, a su vez, en un análisis incompleto de la realidad, que los llevó a percibir la opción 1, pero no la opción 2.

En los planes montoneros, el descabezamiento de la primera opción debía dejar expedito el camino para la tercera, es decir, para una línea de acción revolucionaria y “antisistema” cuyo sujeto final no podía ser otro que la propia organización armada.

Ocurrió, en cambio, que quedó despejado el camino para la opción número dos, en la que los montoneros no actuaban como sujetos de una estrategia propia sino como objetos instrumentales de una estrategia ajena y tan interior al “sistema” como la que habían pretendido contrarrestar.

Junto a un “montonerismo subjetivo” que creía estar desarrollando una estrategia de choque contra el ordenamiento existente, la historia de aquellos años exhibió un “montonerismo objetivo” que, por el contrario, estaba dando vida a una refinada política diseñada para proteger y consolidar el orden.

La trayectoria de Montoneros aparece plagada así de aparentes malentendidos y contradicciones entre la identidad subjetiva y la identidad histórica del grupo, con la primera centrada en la violencia revolucionaria y la segunda ceñida a la preservación de lo existente.

Había, en suma, un montonerismo de ojos azules que sólo cobraba consistencia histórica como falso testimonio dado de sí mismo por un montonerismo de ojos negros.

Presentándose como intérpretes y portavoces de Perón en la diseminación de un mensaje revolucionario, lo montoneros fueron históricamente las esclavas ojinegras de una nueva “operación Rohem” cuya sustancia era, técnicamente, sí “contrarrevolucionaria”.

Mientras Perón saludaba y avalaba desde Madrid la aparición de Firmenich y de su grupo en la Argentina porque veía en ellos la fuerza motriz que le faltaba para completar la opción 2, los montoneros vivían ese aval como signo de que el viejo líder se volcaba por la opción 3.

Esta singular apreciación de la estrategia desarrollada desde Puerta de Hierro los llevó a definirse entre 1970 y 1973 como fanáticos sacerdotes de la verticalidad y a reivindicar para sí en el seno del archipiélago peronista el más alto grado de incondicionalidad en la subordinación a Perón.

Pero precisamente esa incondicionalidad, proclamada al servicio de un imaginario Perón antisistema, acabó por constituir el combustible dialéctico del proceso ya en marcha hacia el encuentro del caudillo con los grandes centro del poder real.

El verticalismo a ultranza de Firmenich y sus seguidores estaba valorizando ante militares y empresarios las aparentes aptitudes correlativas de Perón para detenerlos y poner fin a la violencia.

Asistido por una ultraizquierda que entre disparo y disparo desplegaba rituales de exasperada lealtad a Perón, éste lograba revivir la metodología hitleriana de autopromoción ante las fuerzas político-sociales dominantes.

Librada en nombre de Perón, la guerra montonera ofrecía al viejo líder la posibilidad de vender su propia imagen a todo el espectro político del país como la del único hombre que tenía en sus manos la llave de la paz.

A partir de esta imagen, Perón logró movilizar en torno de sí un proceso de concentración de fuerzas que arrastró buena parte de lo que había sido hasta entonces el antiperonismo.

Amalgamas como el FREJULI o la Hora del Pueblo (*) eran etapas, pasos intermedios en la construcción de un gigantesco aparato político, expresiones gremiales de un “movimientismo” de nuevo cuño que expandiéndose en círculo concéntricos cada vez más amplios, rebasara los límites del viejo movimiento peronista y absorbiera en su propia compartimentación interna a radicales, desarrollistas, conservadores populares y demócratas cristianos.

Se trataba en suma de la gran meta que había resultado inalcanzable en 1945: la de involucrar a todo el país en una vasta maquinaria estabilizadora del orden, bajo el apremio de condiciones que sumaran al ya sedimentado consenso de unos la ahora lograda de otros a contratar los servicios de un guardaespaldas.

Era sólo natural que, obtenida finalmente la puesta en marcha de este proceso entre fines de 1972 y principios de 1973, Perón diera por cerrado el ciclo dela “operación Rohem”, instrumentada a través de los montoneros.

En la masacre de Ezeiza aleteaban ya los humores de la “noche de los cuchillos largos” (**).

masacre ezeiza

(*) Durante los últimos años del régimen militar instaurado en 1966, el peronismo confluyó con otra agrupaciones, - incluida la Unión Cívica radical (UCR), entonces segunda fuerza política del país – para constituir la llamada Hora del Pueblo, una alianza cuya finalidad se limitaba a la ejercer presión sobre las Fuerzas Armadas en demanda de una pronta normalización constitucional. Se especuló en su momento con la posibilidad de que Perón intentara más tarde ampliar los alcances y lo propósitos de este frente para convertirlo en una coalición electoral. De cualquier manera, ante el llamado a las urnas formulado por el teniente general Alejandro A. Lanusse – el último de los tres jefes militares que ocuparon la presidencia durante aquel régimen de facto – la UCR mantuvo su tradicional negativa a celebrar alianzas electorales con otras fuerzas y se presentó sola a los comicios. El peronismo constituyó entonces, con el nombre de Frente Justicialista de Liberación Nacional (FREJULI) una coalición que excluía a la UCR y de la que formaban parte el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), orientado por el ex presidente Arturo Frondizi, El Partido conservador Popular, y el Partido Popular Cristiano, además de algunas agrupaciones menores. Como candidato del FREJULI ganó Héctor Cámpora las elecciones presidenciales del 11 de marzo de 1973.


(**) La matanza del 20 de junio de 1973 tuvo por escenario una gigantesca concentración popular reunida ese día en el aeropuerto internacional de Ezeiza, a unos treinta kilómetros de Buenos Aires, para dar la bienvenida al General Perón con motifvo de su retorno definitivo a la Argentina, tras de diecisiete años de exilio (el viejo líder ya había efectuado una breve visita a la Argentina a fines del año anterior). En determinado momento estalló un tiroteo en medio de forcejeos que se venían produciendo entre distintos grupos de manifestantes por ocupar los espacio más cercano al palco desde el que estaba previsto que Perón hablara a la muchedumbre. Las versiones sobre el desarrollo los hechos varían según sus fuentes, pero la más atendibles indican que grupos armados de la derecha peronista abrieron fuego contra columnas integradas por adherente a colaterales montoneras, al parecer para mantenerlas alejadas del palco. No hubo indicaciones de que los montoneros respondieran el fuego. Nunca se suministró una cifra oficial de los muertos, en su gran mayoría de área montonera, pero las estimaciones que circularon en su momento los hacían ascender a más de un  centenar. Firmenich, interrogado al respecto durante una conferencia de prensa clandestina que ofreció en 1975, fijó la cifra en 182.

Resultado de imagen para 20 DE JUNIO DE 1973 EZEIZA FOTOS

fuente
"MONTONEROS LA SOBERBIA ARMADA", Capítulos 43, 44 y 45

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡BIENVENIDOS, GRACIAS POR ARRIMARSE!

Me atrevo a interpelar, por sentirlos muy cercanos, por más que las apariencias parecieran indicar lo contrario; insisto en lo de la cercanía, por que estamos en el mismo bote – que hace agua - , tenemos pesares, angustias y problemas comunes, recién después vienen las diferencias.

La idea es dialogar, hablar de nuestras cosas, hay textos que nos proporcionan la información básica – no única-, solo es una propuesta como para empezar. La continuidad depende de Ustedes, un eventual resultado adicional depende de todos.La idea es hablar desde un “nosotros” y sobre “nuestro futuro” desde la buena fe, los problemas exigen soluciones que requieren racionalidad, honestidad intelectual que jamás puede nacer desde la parcialidad, la mezquindad, la especulación.

Encontraran en “HASTA EL PELO MÁS DELGADO ...”, textos y opiniones sobre una temática variada y sin un orden temporal, es así no por desorganizado, sino por intención – a Ustedes corresponde juzgar el resultado -.Como no he vivido en una capsula, ya peino canas, tengo opiniones y simpatías, pero de ninguna manera significa dogmatismo, parcialidad cerrada.Soy radical (neto sin adiciones de letras ninguna), pero no se preocupen no es contagiosos … creo, solo una opción en el universo de las ideas argentinas. Las referencias al radicalismo están debidamente identificadas, depende de Ustedes si deciden “pizpear” o no.

El acá y ahora, el nosotros y el futuro constituyen la responsabilidad de todos.Hace más de cuatro décadas, en mi lejana secundaria, de una pasadita que nos dieron por Lógica, recuerdo el Principio de Identidad, era más o menos así: “Si 'A' no es 'A', no es 'A' ni es nada”, por esos años me pareció una reverenda huevada, hoy lo tomo con mucho más respeto y consideración. Variaciones de los mismo: no existe un ligero embarazo; no se puede ser buena gente los días pares.

Llegando al Bicentenario – y aunque se me tildé de negativo- siento que como pueblo, desde 1810, hemos estado paveando … a vos ¿qué te parece?. En algún momento perdimos el rumbo y ahí andamos “como pan que no se vende. Cuentan que don Ángel Vicente Peñaloza decía: “Como ei de andar, en Chile y di a pie, cuando hay de que no hay cunque, cuando hay cunque no hay deque”.

De tanto mirarnos el, ombligo y su pelusa, tenemos un cerebro paralitico, cubierto de telarañas y en estado de grave inanición. Padecemos una trágica concurrencia de factores que nos impiden advertir – debidamente -, este, nuestro triste presente y lo que es peor aún, nos va dejando sin futuro.

A los malos, los maulas, los sotretas, los villanos, los mala leche, los h'jo puta, los podemos enfrentar pero … ¿qué hacemos con los indiferentes, con los que solo se meten en sus cosas, y no advierten que el nosotros y el futuro por más que sean plurales son cosas personalisimas? Y luego dicen que quieren a sus hijos y su familia; ¡JA!, ¡doble JA!, ¡triple JA! (il lupo fero).

¡¡EL REY ESTÁ EN PELOTAS!!, dijo el niño de la calle, hijo de padre desconocido y madre ausente, ese niño es mi héroe favorito.

¿QUÉ ES PEOR LA IGNORANCIA O LA INDIFERENCIA?

¡¡NO LO SÉ Y NO ME IMPORTA!!

El impertinente, el preguntón es nuestra esperanza, nuestro “Chapulin Colorado”.

Mis querido “Chichipios” - diría don Tato- no olviden que además de ver el vaso medio vació o medio lleno, hay que saber que contiene – sino que le pregunten a Socrates - ¡Bienvenidos! Adelante. Julio


Mendoza, 11 de noviembre de 2009.