15 dic 2017

FUTURO LABORAL... INCIERTO








FUTURO LABORAL…
INCIERTO











En un futuro con robots, ¿dónde trabajarán nuestros hijos?




Por Alex Williams 15 de diciembre de 2017



Richie Pope


Como muchos niños, mis hijos Toby, de 7 años, y Anton, de 4, están obsesionados con los robots. 

En los libros infantiles que devoran por las noches, robots felices y asistenciales aparecen con más frecuencia que los dragones o los dinosaurios. 

El otro día le pregunté a Toby por qué a los niños les gustan tanto los robots.

“Porque trabajan para ti”, dijo.

Lo que no tuve corazón para confesarle es que, algún día, podría ser él quien trabaje para ellos o, incluso, que él no podrá trabajar en absoluto debido a ellos.

No solo Elon Musk, Bill Gates y Stephen Hawking están asustados por el posible surgimiento de máquinas invencibles. 

Sí, los robots tienen el potencial de aventajarnos y destruir a la raza humana. 

Pero antes de eso podría suceder que la inteligencia artificial deje obsoletas innumerables profesiones para cuando mis hijos lleguen a cumplir 20 años.

No necesitas ser Marty McFly para darte cuenta de las amenazas claras hacia las futuras carreras de nuestros hijos.

Digamos que sueñas con mandar a tu hija a la Facultad de Medicina de Yale para que se convierta en radióloga. 

¿Por qué no? Los radiólogos en Nueva York tienen un ingreso medio de aproximadamente 470.000 dólares anuales, según la página Salary.com. 

No obstante, ese trabajo de pronto parece incierto cuando la inteligencia artificial mejora la lectura de escaneos. 

Solo para citar un ejemplo, una empresa llamada Arterys ya tiene un programa que puede realizar un análisis de una resonancia magnética de cómo es el flujo de sangre al corazón en tan solo 15 segundos, comparado con los 45 minutos que requiere un humano para hacerlo.

Quizá tu hija quiere ser cirujana, pero ese trabajo tampoco está seguro. 

Los robots ya asisten a los cirujanos para remover órganos dañados y tejido canceroso, según publicó la revista Scientific American.

En 2016, el prototipo de un cirujano robótico llamado STAR (Smart Tissue Autonomous Robot) aventajó a los cirujanos humanos en una prueba donde ambos tenían que reparar el intestino dañado de un cerdo vivo.


Los robots arman las estructuras de los automóviles en la línea de ensamblaje de una fábrica de Peugot-Citroën. Credit Sebastien Bozon/Agence France-Presse –Getty Images
 
Así que quizá tu hija elija estudiar Derecho para convertirse en una abogada corporativa.

El panorama también es sombrío en esa profesión. 

Cualquier trabajo legal que requiera grandes cantidades de revisión mundana de documentos (y eso es mucho de lo que hacen los abogados) también es vulnerable.

Empresas como JPMorgan Chase ya utilizan software para escanear documentos legales y predecir qué partes de los documentos son relevantes, con lo que se ahorran el pago de horas de sueldo. 

La empresa que desarrolló un programa del tipo, Kira Systems, informó que ha reducido el tiempo que algunos abogados necesitan para revisar los contratos en entre 20 y 60 por ciento.

Me gustaría, por una cuestión de supervivencia profesional, asegurarle a mis hijos que el periodismo está inmune, pero claramente es un engaño. 

The Associated Press ya ha utilizado un programa de una empresa llamada Automated Insights para producir textos en masa con una redacción aceptable para cubrir temas como Wall Street y algunos de los eventos deportivos universitarios; en 2016 los robots estuvieron a cargo de hacer los artículos sobre las ligas menores de béisbol.

Un estudio calculó que el 47 por ciento de los empleos actuales, como ajustador de seguros, réferi deportivo y funcionario crediticio, están en riesgo de ser víctimas de la automatización, quizá dentro de una o dos décadas.

¿Qué sucederá con otros trabajos glamurosos, como piloto de aviones comerciales? 

Bueno, en la primavera un copiloto robótico desarrollado por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, conocida como Darpa, voló y aterrizó un avión 737 durante una simulación. 

No me sorprende, puesto que los pilotos de aviones comerciales como el Boeing 777, según una encuesta de 2015, en promedio solo pasan siete minutos de un vuelo realmente pilotando la máquina. 

Conforme nos dirigimos hacia la era de vehículos autónomos, ¿qué tan lejos pueden estar los aviones sin piloto?

Después tenemos Wall Street, donde Bloomberg reporta que los bancos grandes están utilizando programas que pueden sugerir inversiones, construir coberturas de riesgos y funcionar como economistas robóticos con un procesador de lenguaje natural para analizar sintácticamente los comentarios de bancos centrales y predecir las políticas monetarias.

Black Rock, la empresa de planificación financiera más grande del mundo, causó furor al inicio de 2017 tras anunciar que iba a remplazar a algunos de los humanos asalariados que eligen en qué acciones invertir con algoritmos computacionales.

¿Soy paranoico? ¿O no lo suficiente? 

Un estudio muy citado de 2013 realizado por el Departamento de Ingeniería de la Universidad de Oxford –una institución seria, sin duda— calculó que el 47 por ciento de los empleos actuales, como ajustador de seguros, réferi deportivo y funcionario crediticio, están en riesgo de ser víctimas de la automatización, quizá dentro de una o dos décadas.

Sé que no soy el único padre preguntándome si podré proteger las carreras de mis hijos de la invasión robótica. 

Así que decidí preguntarles primero qué quieren ser de grandes.

Toby, complaciente y nacido para el espectáculo, está obsesionado con los autos y las películas. 

Me dijo que quería ser conductor de Uber o actor. (Es aún muy joven para entender que a veces el que quiere hacer el segundo termina haciendo el primero).

En cuanto a los conductores de Uber, no es un secreto que se dirigen hacia un gran estacionamiento en el cielo; la empresa anunció recientemente sus planes para comprar 24.000 vehículos todoterreno de Volvo para lanzar una flotilla de vehículos autónomos entre 2019 y 2021. 

¿Y los actores? Podría parecer impensable que algún futuro actor dramático generado por computadora pudiera lograr los profundos matices expresivos y emocionales de, digamos, Dwayne “the Rock” Johnson. 

No obstante, Hollywood ya es un Silicon Valley sureño. 

Consideremos cómo se utilizaron gráficos computacionales en Rogue One para que apareciera Carrie Fisher como la princesa Leia –interpretada con captura de movimiento por otra actriz– y al Peter Cushing como Grand Moff Tarkin tal cual se veían los actores en la década de los setenta –y eso que Cushing murió en 1994–.

Mi hijo más pequeño, Anton –quien es un encanto pero rudo como Kevlar–, dijo que quería ser jugador de fútbol americano. 

Un jugador robótico podría sonar disparatado, pero si lo pensamos bien, un duelo entre los Dallas Cowdroides y los Seattle Seabots podría ser la única solución a los interminables problemas por los efectos cerebrales derivados de los deportes.


Elon Musk, el director ejecutivo de Tesla Credit Marcio Jose Sanchez/Associated Press


¿Alguna vez has escuchado hablar sobre la “singularidad”? 

Es el término que los futuristas utilizan para describir un posible momento de cataclismo en el que la inteligencia de la máquina iguala la del humano y, muy probablemente, la sobrepasa. 

Podrían dominarnos. Podrían matarnos. 

No por nada Musk dice que la inteligencia artificial (IA) “es potencialmente más peligrosa que los misiles nucleares”.

¿Es realmente tan nefasto? 

Los miedos a la tecnología son tan viejos como los luditas, aquellos trabajadores textiles británicos que rompían máquinas a principios del siglo XIX. 

Normalmente, los miedos tienden a ser exagerados.

Un ejemplo obvio es el surgimiento del automóvil, el cual sí dejó sin trabajo a la mayoría de los acarreadores de abono. 

Sin embargo, también creó millones de empleos; no solo los de trabajadores de las líneas de ensamblaje en Detroit sino para constructores de casas suburbanas, quienes trabajan en restaurantes y los actores que interpretan “El rayo rebelde” (“Greased Lightning”) durante puestas en escena de Vaselina

En resumen, así funciona el proceso de destrucción creativa.

La IA, sin embargo, es distinta en opinión de Martin Ford, el autor de Rise of the Robots: Technology and the Threat of a Jobless Future.

Si las máquinas aprenden, no solamente significa que remplazaremos viejas máquinas con unas nuevas y llevaremos trabajadores humanos de una industria a otra. 

En lugar de eso, tendremos máquinas nuevas para remplazarnos, que podrían seguirnos a prácticamente cualquier industria nueva a donde nos dirijamos.

Dado que el libro de Ford fue el que me hizo caer en esta madriguera de conejo, lo busqué para ver si todo esto era algo que le parecía inquietante en el caso de sus propios hijos: Tristan, de 22 años; Colin, de 17, y Elaine, de 10.

Me dijo que los empleos más vulnerables en la economía del robot son aquellos que requieren tareas repetitivas y predecibles, sin importar el tipo de entrenamiento que necesiten. 

“Mucho del conocimiento básico de los trabajos es realmente rutinario: sentarse frente a la computadora y utilizar los mismos programas una y otra vez, así sea un informe o algún tipo de análisis cuantitativo”, dijo.

Las profesiones que dependen de un pensamiento creativo disfrutan de cierta protección. 

Aun así, la capacidad de pensar creativamente no significa la salvación. 

Ford dijo que se alarmó en mayo cuando el software AlphaGo de Google venció al maestro de 19 años en Go, considerado el juego de mesa más complicado del mundo.

“Ni siquiera cuando hablas con los mejores jugadores de Go te pueden explicar qué están haciendo”, dijo Ford. 

“Lo describen como una ‘sensación’. Se trata de moverse en el ámbito de la intuición. Aun así, una computadora comprobó que puede vencer a cualquiera en el mundo”.

Para buscar un dejo de esperanza, pasé una tarde buscando en Google conferencias TED con títulos llamativos como ¿Los androides nos están robando los trabajos?

En una de esas conferencias, Albert Wenger, un importante inversionista en tecnología, promovió el concepto de ingreso básico universal

También conocido como renta básica universal, este concepto sostiene que una economía basada en el trabajo de robots podría algún día resultar en una cantidad abundante de objetos buenos al mismo tiempo que nos liberaría de empleos pesarosos a la antigua; eso permitiría que nuestros hijos, auspiciados por el gobierno, disfruten vidas llenas de placeres como bailarines o practicantes de tratamientos con veneno de abeja.

En otra conferencia el economista David Autor argumenta que las afirmaciones de que algún trabajo desaparecerá son en su mayoría exagerados. 

A casi cinco décadas de que se introdujeron los cajeros automáticos, por ejemplo, hay más humanos trabajando como cajeros de banco que nunca antes. 

Las computadoras simplemente liberaron a los humanos del trabajo tedioso como contar billetes para que pudieran concentrarse en tareas más demandantes en cuestión cognitiva, como “reforzar las relaciones con los clientes, solucionar problemas y presentarles nuevos productos, como tarjetas de crédito, préstamos e inversiones”, dijo Autor.

Después de todo, las computadoras son muy buenas para algunas cosas y, hasta el momento, malísimas para otras. 

Incluso Anton lo intuye. El otro día le pregunté si creía que los robots eran más listos o más tontos que los humanos. 

“Más tontos”, dijo después de una larga pausa.

Confundido, lo presioné un poco más. 

“Más listos y más tontos”, me explicó con una sonrisa pícara.

Estaba bromeando. Aunque resulta que también estaba en lo correcto, de acuerdo con Andrew McAfee, un teórico de administración en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, a quien entrevisté poco después.

Hablamos de otra de las aspiraciones laborales de mi hijo Anton –ser compositor musical– y McAfee dijo que las computadoras ya eran lo suficientemente listas para crear melodías mejores que las creadas por muchos humanos.

“Sabemos las reglas de las cosas que son placenteras para nuestros oídos”, dijo. 

“Sin embargo, me va a sorprender mucho cuando haya un letrista digital por ahí, alguien que pueda poner palabras a la música que realmente resuenen entre la gente y la hagan pensar sobre la condición humana”.

No cualquiera, por supuesto, está hecho para ser un Springsteen robótico. 

Le pregunté a McAfee qué otros trabajos podrían existir en diez años.

“Creo que los guías y entrenadores en materia de salud serán una gran industria en el futuro”, dijo. 

“Los restaurantes que tienen un muy buen equipo de hospitalidad no desaparecerán, incluso si tenemos más opciones para pedir la comida a través de una tableta”.

“La gente interesada en hacer trabajos manuales va a estar bien”, dijo. 

“El robot plomero todavía está muy lejos de existir”.

Fuente
“The New York Times”, 15.12.2017

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Me atrevo a interpelar, por sentirlos muy cercanos, por más que las apariencias parecieran indicar lo contrario; insisto en lo de la cercanía, por que estamos en el mismo bote – que hace agua - , tenemos pesares, angustias y problemas comunes, recién después vienen las diferencias.

La idea es dialogar, hablar de nuestras cosas, hay textos que nos proporcionan la información básica – no única-, solo es una propuesta como para empezar. La continuidad depende de Ustedes, un eventual resultado adicional depende de todos.La idea es hablar desde un “nosotros” y sobre “nuestro futuro” desde la buena fe, los problemas exigen soluciones que requieren racionalidad, honestidad intelectual que jamás puede nacer desde la parcialidad, la mezquindad, la especulación.

Encontraran en “HASTA EL PELO MÁS DELGADO ...”, textos y opiniones sobre una temática variada y sin un orden temporal, es así no por desorganizado, sino por intención – a Ustedes corresponde juzgar el resultado -.Como no he vivido en una capsula, ya peino canas, tengo opiniones y simpatías, pero de ninguna manera significa dogmatismo, parcialidad cerrada.Soy radical (neto sin adiciones de letras ninguna), pero no se preocupen no es contagiosos … creo, solo una opción en el universo de las ideas argentinas. Las referencias al radicalismo están debidamente identificadas, depende de Ustedes si deciden “pizpear” o no.

El acá y ahora, el nosotros y el futuro constituyen la responsabilidad de todos.Hace más de cuatro décadas, en mi lejana secundaria, de una pasadita que nos dieron por Lógica, recuerdo el Principio de Identidad, era más o menos así: “Si 'A' no es 'A', no es 'A' ni es nada”, por esos años me pareció una reverenda huevada, hoy lo tomo con mucho más respeto y consideración. Variaciones de los mismo: no existe un ligero embarazo; no se puede ser buena gente los días pares.

Llegando al Bicentenario – y aunque se me tildé de negativo- siento que como pueblo, desde 1810, hemos estado paveando … a vos ¿qué te parece?. En algún momento perdimos el rumbo y ahí andamos “como pan que no se vende. Cuentan que don Ángel Vicente Peñaloza decía: “Como ei de andar, en Chile y di a pie, cuando hay de que no hay cunque, cuando hay cunque no hay deque”.

De tanto mirarnos el, ombligo y su pelusa, tenemos un cerebro paralitico, cubierto de telarañas y en estado de grave inanición. Padecemos una trágica concurrencia de factores que nos impiden advertir – debidamente -, este, nuestro triste presente y lo que es peor aún, nos va dejando sin futuro.

A los malos, los maulas, los sotretas, los villanos, los mala leche, los h'jo puta, los podemos enfrentar pero … ¿qué hacemos con los indiferentes, con los que solo se meten en sus cosas, y no advierten que el nosotros y el futuro por más que sean plurales son cosas personalisimas? Y luego dicen que quieren a sus hijos y su familia; ¡JA!, ¡doble JA!, ¡triple JA! (il lupo fero).

¡¡EL REY ESTÁ EN PELOTAS!!, dijo el niño de la calle, hijo de padre desconocido y madre ausente, ese niño es mi héroe favorito.

¿QUÉ ES PEOR LA IGNORANCIA O LA INDIFERENCIA?

¡¡NO LO SÉ Y NO ME IMPORTA!!

El impertinente, el preguntón es nuestra esperanza, nuestro “Chapulin Colorado”.

Mis querido “Chichipios” - diría don Tato- no olviden que además de ver el vaso medio vació o medio lleno, hay que saber que contiene – sino que le pregunten a Socrates - ¡Bienvenidos! Adelante. Julio


Mendoza, 11 de noviembre de 2009.